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Era raro ver el cielo despejado en mi ciudad. Tampoco me han gustado nunca los rayos del sol, ni el calor, ni las cosas coloridas…
Así que me levanté bastante malhumorado aquel día, no sólo por eso, sino porque también era mi primer día de clase después de las vacaciones de verano.
No había terminado de desayunar cuando alguien llamó al timbre de casa, supuse que sería Laura, y al abrir la puerta comprobé que efectivamente se trataba de ella. Nos saludamos y la dejé entrar mientras sostenía media galleta con mis labios e introducía la chaqueta negra en mis brazos para, seguidamente, colgarme la mochila.
Laura sonreía levemente, en silencio. Era una de sus características, esa risa la definía.
Nos conocíamos desde párvulos, cuando teníamos tres años de edad. Yo nunca he tenido muchos amigos, pero acepté que ella me siguiese a todos lados, aunque deba decir que a veces me gustaba sentirme libre del todo, sin nadie que esté a mi lado todo el tiempo, sin nadie a quien tener que proteger o…. tan sólo fingir hacerlo.
Avanzamos por la calle, sonriendo sin motivo aparente. La mañana estaba repleta de escandalosos grupos de niños y adolescentes cargados de un fuerte olor a perfume, todos sostenían sus mochilas y parecían iguales, etiquetados por el mismo uniforme, avanzando hacia el mismo lugar, y comportándose de forma similar.
“Este ambiente es odioso”. –pensé en ese momento.
Fue entonces cuando Laura logró establecer una conversación, quizás era lo que había estado esperando desde que salimos de mi casa. Yo no era partidario de hablar en vano, pero a la vez me incomodaban los momentos de silencio… Así que me alegró de que ella dijera:
― ¿Qué has hecho estas vacaciones?
― Pues nada fuera de lo común, he estado aquí como siempre, pero sin ir a clase. –respondí seguido de una sonrisa silenciosa.
Ella también sonrió.
― Yo he estado en el camping con mi familia.
― ¿Cerca de la playa?
― Sí.
― Ya decía que venías bronceada.
― ¡No estoy tan…!
Ambos nos reímos.
Era verdad que su piel estaba más oscura desde la última vez que la vi, en el mes de Julio, aunque tampoco me importaba demasiado, a pesar de que prefiero las pieles claras como la mía.
― ¿Qué sabes de Irina?
Al escuchar ese nombre mis piernas parecieron entorpecerse por un momento y avancé ese paso más lento de lo normal. Mis ojos se agrandaron. Intenté mantener la calma en un improviso.
― Irina… No la he visto últimamente, ¿por?
Laura se sorprendió al devolverle la pregunta y parecía algo incómoda.
― No, no… Era simple curiosidad.
― Laura… Ella y yo no estamos saliendo.
― No me importa, de verdad. Hubo otro de esos momentos de tensión mientras avanzábamos hacia el instituto. Hasta que ella lo rompió de nuevo:
― Espero que nos toque en la misma clase nuevamente…
― Si, ¿verdad? Debería ser incómodo verse rodeado de gente a la que no conocemos.
― Y no volveríamos a hacer deberes juntos, ni estudiar…
― Eso también. –sonreí.
Al llegar al instituto sentí que todos me miraban, es incómodo adentrarse entre la multitud. Siempre siento lo mismo: todos esos ojos, todas esas bocas hablando de mí en oídos vecinos. Es incómodo y me revuelve el estómago.
Yo miraba el suelo y esquivaba cuerpos todo el tiempo, supuse que Laura me seguía con su mirada gacha de siempre y el maletín agarrado con ambas manos, golpeándolo con sus rodillas mientras caminaba.
Al llegar a clase centré mi vista en el pupitre del rincón izquierdo del final. Allí era donde se sentaba Irina.
Estaba vacío.
El resto de los compañeros hablaban sentados en las mesas sobre lo que habían hecho en el verano: viajes fuera del país, campamentos, camping, excursiones, etc.
Me dirigí calmadamente hacia el pupitre que había junto al de Irina, era la primera vez que me acercaba tanto a esa zona de la clase. Sería porque ella no estaba…
Tomé asiento.
Poco después me fijé que Laura me había seguido hasta allí, como era de esperar, y ocupó el lugar de Irina, junto a la ventana. Me sentí totalmente furioso, la sangre me fluía rápidamente sin saber muy bien por qué.
Tragué saliva y fingí estar calmado como solía hacer siempre.
Le sonreí.
Estuve mirando la puerta con el corazón en el puño, esperando la entrada de Irina.
Pero ésta no aparecía…
― ¿Es cierto que Irina se ha cambiado de instituto este curso? –escuché de alguien que lo estaba comentando.
― No sé…
― Yo había oído que tenía que mudarse a otra ciudad por motivos de trabajo de su madre. –dijo otra chica.
― De todas formas… ¿quién la va a echar en falta?
― Sí, ¿verdad? Esa chica era muy rara…
Las conversaciones cesaron cuando la profesora entró en el aula.
― Vaya… es Doña Elvira, la misma tutora del año pasado… –murmuró Laura.
― Supongo que tan sólo dirá a qué clase vamos cada uno y quién será el tutor de cada una de las clases.
Tras una breve presentación por parte de la profesora, dibujó tres rectángulos grandes en la pizarra y tituló a cada uno de ellos con: “2º A”, “2º B” y “2º C.”
Escribió su nombre en el primer rectángulo y comenzó a leer los nombres de los que estarían en 2º A.
Mientras ella leía los nombres, yo tan sólo esperaba escuchar el mío y el de Irina en el mismo rectángulo, pero sabía que eso sería imposible después de haber escuchado aquellos comentarios en la clase.
Irina parecía haberse marchado del instituto, incluso de la ciudad. Algo en mí me decía que jamás la volvería a ver, y me sentía culpable por no haberme atrevido a hablarle durante el curso anterior.
― Laura. –dijo la profesora anotando su nombre en el tercer rectángulo.
Laura se alzó y dijo tímidamente:
― Presente.
Me miró intentando sonreír y se dirigió al aula de 2º C, mirando hacia atrás, mirándome a mí.
En ese momento sentí que volvía a ser yo el centro de atención, todos querían saber cómo reaccionaba ante la posible separación de Laura y yo. Me miraban.
Pero yo mantenía mi cara totalmente calmada, estaba centrado en la de la profesora.
Crucé mis dedos bajo la mesa, sin saber por qué. O bueno, lo sabía ciertamente, pero no quería saber la razón por la que lo hacía.
Los nombres iban sonando como tiros que se clavaban en mi pecho. La clase iba quedándose vacía, cada vez más…
Hasta que por fin escuché su nombre:
― Irina, “2º C”.
No pude evitar elevar los extremos de mis labios, apreté mis rodillas con fuerza y estiré mis piernas suspirando. El hecho de que estuviese anotada en la lista, significaba, claramente, que se había matriculado en el instituto y realmente no se había marchado de la ciudad.
Estaba feliz por dentro, al menos hasta que pensé que debía escuchar mi nombre en “2º - C”. Era demasiado pronto para poder cantar victoria.
Y fue entonces cuando lo escuché:
― Víctor, “2º C”.
Golpeé mis rodillas con fuerza, retiré la silla hacia atrás haciéndola sonar, me alcé y dije con voz clara:
― Presente.
Esquivé las miradas, pasando entre los pupitres de madera y abandoné el aula.
Al entrar en el aula de “2º C”, busqué a Irina pero no la encontré.
Laura me esperaba con su pupitre de al lado reservado y me dijo que me sentara allí con un gesto.
Al otro lado de la clase pude ver otros dos pupitres vacíos y juntos, supuse que uno sería el de Irina, y también que si me sentaba en el de al lado estaría junto a ella el resto del curso.
Pero Laura me esperaba al otro lado y todos me miraban, esperando que me sentara junto a ella.
Como solía hacer siempre, dejé llevarme por la situación, por la costumbre y, me senté junto a Laura. Antes he hacerlo miré las dos mesas vacías del otro extremo.
― ¿Ya estamos todos? –dijo el profesor, al que no conocía. Debía ser nuevo en el centro, su cara no me gustaba ni un pelo.
― Sí, profesor. Víctor es el último en todas las listas. –dijo una de las chicas de la primera fila. Una vez más me sentí el centro de atención, e incomodado miré hacia el lado de la ventana, donde me encontré con la mirada de Laura nuevamente.
― Me alegro de que nos haya tocado juntos nuevamente.
― Yo también. –sonreí.
Entonces el profesor dejó la lista sobre la mesa y se puso ante ésta para comenzar el discurso.
― Hola a todos, supongo que nadie me conocerá, me he incorporado al centro y yo seré vuestro tutor este curso. Mi nombre es Francisco Folgado.
Todos los alumnos le observábamos de arriba abajo, elucubrando la clase de profesor que debía ser. Era alto y rondaría los treinta y cinco años, iba trajeado y olía a perfume fuerte. Sus cejas siempre estaban fruncidas y estaba totalmente afeitado, de modo que la piel de su cara parecía fina y delicada, como la de un niño. Su pelo era liso y negro como el mío, de longitud media. Lo llevaba peinado a raya y engominadas las puntas. En cierto modo, se notaba que quería aparentar más joven de lo que era, excepto por esa expresión angosta y de enfado en su cara, que seguramente usaba en defensa contra nosotros, para que supiésemos que era él quien mandaba dentro de esa clase.
Después de la presentación habló de la planificación de todo el curso y nos entregó el listado de asignaturas y los profesores encargados de impartirlas.
Pasaron un par de horas cuando llegó la hora de marcharse a casa. Mañana comenzarían las verdaderas clases.
El sol se había medio escondido cuando salimos.
Laura y yo caminábamos por la calle, ella hablaba sobre Don Francisco, decía que no le gustaba su cara aunque le resultaba familiar por algún motivo. Yo le dije lo mismo y sonreímos… Ciertamente, ahora que lo decía, me era familiar, aunque de todos modos, fuese quien fuese, seguro que no me había caído bien la última vez que lo vi.
Finalmente nos despedimos y cada uno volvió a su casa.
Me eché agotado en mi cama, abrí mis extremidades y miré al techo.
“Irina… ¿por qué no has venido?” –pensé.
Atracción
Algo me pasaba con esa chica. Nunca había mantenido una conversación con ella pero desde que entró a mi clase el curso pasado, algo me dijo que no era como las demás.
Algo me dijo que era como yo. Y si no como yo, me bastaba con verla diferente.
Además ella era la mujer más bella que había visto jamás, algo que ningún otro chico sabía apreciar.
Su piel era como la luna, blanca, casi hipnotizante y emanaba un resplandor que me hacía sentir atraído de una manera inexplicable, como los lobos se sienten una noche de luna llena. Su pelo era negro azabache, de brillos azulados que resaltaban sobre su tez. Sus ojos verdes y pálidos siempre huían de las miradas y sus cejas eran perfectamente arqueadas y finas, dándole un toque de serenidad absoluto.
Irina medía aproximadamente como yo, era una chica alta. También era delgada, demasiado delgada para los otros chicos.
Y lo que la hacía tan misteriosa no era el aspecto físico y hechizante, sino más bien su cerrada personalidad, que se limitaba a mirar por la ventana e ignorar a las otras chicas. Solía sacar la nota más alta en sus exámenes, sin alardear de ello en ningún momento.
Silenciosa, prudente, inteligente, bella, serena…
Irina era la mujer perfecta. Perfecta para mí.
Había estado durante todas las vacaciones de verano buscándola por las calles de toda la ciudad, pero no encontré ni rastro de ella. Pensé que había veraneado con su familia en algún lugar.
De momento, el curso había comenzado y ella no había venido a clase el primer día.
Aquella noche dormí más impaciente que nunca, esperando que fuese el día siguiente para ir a clase y encontrármela sentada. A Irina, evidentemente.
Al día siguiente, como siempre, Laura se adelantó unos minutos pasándose por casa mientras yo desayunaba.
Ese día su isa era más radiante que nunca.
― Buenos días.
― ¡Hola! –dijo ella.
No tardé en terminar y prepararme para salir.
― ¿Sabes qué?
― ¿Qué?
― ¡Al fin tengo un perrito!
― ¡Oh! ¿De veras?
― Sí, he convencido a mi madre finalmente.
Ambos sonreímos.
― ¿Qué clase de perro es? ¿Ya lo tienes en casa?
― ¡Sí! Es un cocker, tiene tan sólo un par de semanas… es tan mono…
― Me alegro, llevabas desde primaria queriendo tener uno…
Me reí, amablemente.
― ¿Tienes un nombre?
― Todavía no…
― ¿Es macho o hembra?
― Es hembra.
― Hmm… Déjame pensar… –murmuré.
Me puse a pensar entonces el nombre para la perra. Nunca me habían gustado los perros, siempre preferí los gatos y no se me ocurría ningún nombre en ese momento. El único nombre que me venía a la cabeza en ese momento era Irina. Caminamos en silencio mientras ambos pensábamos en un nombre. Aquel día el cielo estaba nublado, lo que me hacía sentir cómodo mientras caminaba.
― ¿De qué color es?
― Marrón.
Pensé un momento más.
― ¿Qué te parece Canela?
― ¡Oh! Es genial… Canela… Me gusta mucho.
― Además te encantan los pasteles de canela.
Sonreí silenciosamente mirándola.
Habíamos llegado al instituto, una vez más esquivé las miradas y nos dirigimos al aula de “2º C”.
Irina no había llegado.
Ambas mesas seguían vacías. Me desilusioné muchísimo pero al fin y al cabo sabía que ella no vendría.
Al salir de las clases acompañé a Laura hasta su casa para que me enseñara a Canela. Entramos y no tardó en aparecer la perrita juguetona, que comenzó a olerme los zapatos.
Me agaché y le pasé la mano por la cabeza. Por un momento, mientras mi mano la acariciaba, sentí lo débil que era el animal, comprendí que si apretaba mis dedos un poco más podría estrujar su cabeza. Y que el inocente animal tan sólo moriría confiándose de mi mano, sin intentar evitarlo…
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
Siempre me he preguntado por qué a veces me surgen esos pensamientos, suponía que nadie más pensaría aquellas cosas excepto los mismos psicópatas. A veces me producía escalofríos la idea de que yo podía pensar en aquellas cosas, que podía ser realmente un psicópata. Aunque por otro lado, no creía que jamás pudiese tener la sangre fría de matar un animal a pesar de detestar los perros; solamente me imaginaba cómo sería si lo hubiese matado. Nada más… Simple curiosidad que removía mis remordimientos.
Tragué saliva, intentando pensar en otra cosa.
― ¿A que es monísima?
― Sí. ¡Es perfecta! Me alegro mucho de que puedas tenerla.
― Presiento que Canela y yo seremos muy buenas amigas.
Sonrió.
― Eso espero. –dije alzándome. –Bueno, me tengo que marchar. Nos vemos mañana.
Laura se despidió de mí y yo salí de su casa.
El día había sido gris y comenzó a chispear. Las frías gotas atravesaban mi uniforme y la gente me esquivaba con sus paraguas.
En unos segundos la lluvia se hizo más intensa. Pero yo no me refugié, ni me cubrí con mi mochila, simplemente continué mi camino tranquilamente.
Es una sensación agradable la de caminar bajo la lluvia mientras todos corretean o esperan en los comercios a que deje de llover. Me reconforta. Me llena el espíritu como si fuera mi batería natural. El frío y la humedad, el sonido de la lluvia y el torrente…
Entonces me hallé en un gran cruce. El semáforo estaba en rojo y yo esperaba en la acera.
Llovía mucho, pero sentí que no me apetecía en absoluto volver a casa.
Di media vuelta y me dirigí al parque que hay cerca de la casa de Laura, supuse que con la lluvia no habría nadie. Además, allí fue la última vez que vi a Irina, precisamente un día de lluvia. Fue el primer día de vacaciones de verano. Laura se empeñó en pasar por el parque para comprar un helado y allí la vimos, sentada en un columpio, con su misteriosa mirada, justo cuando comenzó una tormenta de verano.
Al sentirse observada se levantó y abandonó el parque, ¿huía de la lluvia o huía de nosotros?
¿Estaría ahora allí?
Llegué al parque y me refugié en la casita de madera del tobogán. Contemplé el parque desde allí arriba, acurrucando mis piernas, rodeándolas con mis brazos. Yo estaba mojado, pero no sentía frío, todo lo contrario: me sentía genial.
Era agradable.
Sin embargo, Irina no estaba.
“¿Cuándo volveré a verte?” –pensé en ese momento.
Entonces fue cuando algo me sorprendió.
En el arenero del parque, entre las dunas de arena mojada, vi algo que no encajaba en aquella escena.
Bajé por el tobogán mojando aún más mi uniforme y me acerqué para ver de qué se trataba. El corazón comenzó a latirme fuertemente cuando hallé la mano enterrada.
“¡Una… una mano!”
CAPÍTULO III
La mano
No sabía cómo reaccionar, no sabía adónde ir, ni qué hacer, ni a quién llamar.
Me acerqué aún más, me arrodillé para mirarla de cerca y vi que era una hermosa mano, fina, pálida, de dedos largos. No tenía sortijas y las uñas eran pálidas y largas, del mismo tono que la misma mano, casi relucientes.
Estiré del dedo índice, pensando que sacaría el brazo y poco después arrastraría el cuerpo enterrado, pero saqué la mano amputada.
Nada más.
Mis ojos se abrieron más de lo normal, mi boca formó una “o”, no pude evitar soltar un gemido de sorpresa…
Pero no solté la mano.
La mantuve aferrada a mis dos dedos.
Era fría, pero agradable.
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